Si diriges un equipo, tarde o temprano te toca: decirle a alguien que algo no está funcionando. La mayoría de los responsables evita estas conversaciones porque teme dañar la relación, y el resultado es peor: el problema crece y la confianza se erosiona igual.
Prepara la conversación, no el discurso
Antes de hablar, ten claros los hechos concretos (no impresiones generales), el impacto que tienen en el equipo o en el trabajo, y qué cambio necesitas. «Llegas tarde» es una acusación; «esta semana el equipo ha tenido que cubrir dos veces tu turno de apertura» es un hecho.
Habla del comportamiento, no de la persona
El feedback que funciona separa lo que alguien hace de lo que alguien es. En cuanto la otra persona siente que se juzga su identidad, deja de escuchar y empieza a defenderse.
Escucha de verdad
Una conversación difícil es una conversación, no un comunicado. Muchas veces descubres que detrás de un bajo rendimiento hay una causa que no veías: una carga mal repartida, un problema personal, una instrucción que nunca fue clara.
Cierra con un acuerdo concreto
Qué va a cambiar, cómo lo vais a medir y cuándo volveréis a hablar. Sin ese cierre, la conversación se queda en desahogo.
Estas herramientas forman parte de lo que trabajo en la formación para responsables de equipo: práctica, nacida de más de 25 años de experiencia real, y aplicable al día siguiente.